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El 40 de mayo

15 mayo 2010

Por fin, ya está, ya llevo las sandalias y camisetas de manga corta. Ya he guardado la chaqueta y las botas, para mí éste es un hito importante cada año, un punto de inflexión, marca un antes y un después. Y le tenía unas ganas…

Sí, ya sé, ya te oigo: “hasta el cuarenta de mayo… “, pero entiéndelo, no podía aguantar ni un día más, esperaba este momento desde hace mucho.

Ya empecé a impacientarme cuando las tortugas salieron de su reposo para anunciarme que el buen tiempo se había puesto en camino. Desde entonces el sol ha estado yendo y viniendo, esperando paciente a que marcharan definitivamente las lluvias.

Ahora por fin ha vuelto para quedarse, lo sé seguro porque esta vez han sido las hormigas las que han salido para avisarme, y ellas nunca me fallan.

Mis amigas las hormigas. Hay gente que se desespera con ellas, no entiendo porque, como si su pulcritud quedara en entredicho cuando ellas aparecen. Supongo que no saben que es al revés: cuando hay hormigas ya no hay que preocuparse tanto por la limpieza: a la menor migaja, ellas se encargan.

A mi me parecen reconfortantes, se toman la molestia de llegar hasta mi casa (¡¡un doceavo piso!!) para recordarme que comparto el planeta con otras especies. Y les agradezco el recordatorio, a veces la locura del día a día hace que pierda el norte de vista.

Tuga y Tegu

1 mayo 2010

Creo que ya he contado alguna vez que, cuando riego las plantas manualmente, tomo el agua de la piscina de las tortugas. Es aconsejable ir renovándoles parte del agua para evitar la concentración de sustancias de desecho, de este modo se alivia el trabajo del sistema de filtración, y a las plantas les va genial porque el agua que reciben viene “vitaminada”.

Tuga y Tegu viven con nosotros desde hace 5 años. Tienen, creo y espero, una buena vida.

De diciembre a febrero dejan de comer y de salir al exterior, se quedan en el fondo del agua medio dormidas, intuyo que meditando cosas importantes. A principios de marzo salen de su retiro espiritual y asoman la cabeza del agua, eso significa que dan por finalizado el ayuno voluntario.

El menú se sirve normalmente por la tarde, en su terraza. No suele ser muy variado (aunque parece suficiente, dado que se las ve tranquilas y sanas): o crustáceo desecado, o barritas de pienso, de vez en cuando, un trocito de jamón york.

Los días que no importa que el agua apeste porque toca cambiarla toda (nunca en invierno, semanalmente en verano, el resto del año, dentro de estos límites); esos días hay menú especial: media gamba congelada. Creo que les gusta porque se vuelven locas al verla, se pelean por los mejores bocados, se amenazan la una a la otra incluso, parece que les vaya la vida en ello. La guerra suele durar poco: a la que se acaba la gamba, tan amigas.

Salen a la terraza para coger la comida (y vuelven al agua inmediatamente para comérsela) y también salen a la hora del sol, ahora en mayo de 3 a 7de la tarde.

No son muy listas, o al menos eso quieren que creamos, el caso es que cada día dedican un tiempo largo a descubrir (repitiendo una y otra vez los mismos intentos fallidos) el camino para subir a su terraza. Siempre acaban encontrándolo, aunque siempre por casualidad.

Al llegar arriba no van lejos, no parece interesarles mucho lo que hay + allá (o no les gusta alejarse del agua o no tienen espíritu de exploradoras). Por si acaso algún día se deciden, más allá, en la zona de tierra, les he plantado lechugas para que prueben nuevos sabores.

Hasta ahora se han quedado siempre en el mismo punto, junto al puente. Llegan, se colocan en posición (siempre una encima de otra, Tegu arriba), estiran al máximo las cuatro patas y la cabeza, exponiendo la mayor parte posible de piel al sol y así quedan, inmóviles, horas, hasta que un sonido o un movimiento fuera de lo normal las asusta. Entonces saltan al agua y vuelta a empezar con la búsqueda del oculto camino que lleva a la terraza…